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10/07/2021



Noticias
  • L'aferrada de Turnbull
    La migració de centenars de menorquins a la Florida durant el segle XVIII conté tots els ingredients d’una gran novel·la històrica: misèria, promeses de prosperitat, enganys, supervivència i exili. Josep M. Quintana (Alaior, 1950) ho ha entès perfectament i recrea aquell episodi tràgic amb solidesa narrativa i rigor documental a El gran èxode dels menorquins.Seguir leyendo ...
  • Un 'ciutadellenc' en la Final Four de baloncesto en Atenas
    Impresionante. Dentro de la gran e histórica noticia que supuso este miércoles por la noche la machada del Valencia Basket de remontar un 0-2 en contra en cuartos de final al Panathinaikos y clasificarse por vez primera para la Final Four de Atenas, hay un nombre propio menorquín: Lluís Arbalejo, el director deportivo de la entidad 'taronja', que personalmente vivirá también su primera F4 en Atenas.Seguir leyendo ...
  • Qui vol vendre pisos?
    .Seguir leyendo ...
  • Engañabobos
    Los políticos viven en modo campaña electoral 365 días al año y ahora que faltan doce meses para la cita con las urnas las proclamas se intensifican. Pedro Sánchez lleva meses presumiendo de cifras económicas, cuando todos sabemos lo que enmascaran esos números. No porque seamos extraordinariamente inteligentes, sino porque vivimos a ras de suelo, en contacto –a menudo violento– con la realidad. Se vanagloria de que por primera vez en España las personas ocupadas superan la barrera de los 22 millones. En un país de cincuenta millones de habitantes, de los que diez son pensionistas, tres son parados cobrando prestaciones y otros ocho son menores de 16 años y no pueden incorporarse al mercado laboral. Nuestro sistema productivo tiene una tasa de actividad del 58 por ciento, lo que implica que el resto, 42 de cada cien habitantes, ni trabaja ni le interesa trabajar. Pensemos que en Francia esa tasa alcanza el 75 por ciento y en Alemania, el ochenta. Así que ahí tienen nuestros mandamases mucho que re
  • Suscríbete ya
    La verdad es que las suscripciones existen desde hace mucho tiempo. Suscribirte a algo era una característica que denotaba cierto prestigio y, desde luego, un serio interés por aquello a lo que se suscribía la gente. Mi abuelo, que no leía nada salvo el periódico, estuvo suscrito a diferentes colecciones de libros y de revistas. Recuerdo una enciclopedia de Cataluña –mi abuelo había nacido en Lliçà d’Amunt– que siempre tuvo un lugar preferente en la librería de su salón. También otra de grandes clásicos de la literatura universal, y unos tochos enormes de obras de Josep Pla traducidas al castellano cuyas páginas estuvieron pegadas –cosidas, se decía– hasta muchos años después. Aquellas eran las cosas a las que uno se podía suscribir. Pagando, por supuesto. Puesto que suscribirse significa abonarse o registrarse para recibir servicios o publicaciones periódicas. Mis padres también estuvieron muchos años suscritos a «La Vanguardia», hasta que se dieron de baja porque un vecino que s