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- Un respiro
Mi abuela con las gafas y un gorro moderno. Mi abuela con el contorno de los ojos enrojecido por no ser capaz de asumir que estos lentes tan oscuros no se sujetan bien por sus patillas endebles a las orejas. Con sus cuencas carismáticamente magulladas por no atinar a la primera en la colocación del accesorio. Mi madre, que se ríe. Mi padre, que se ríe. Mi tía que se ríe porque está muy divertida con su vestido de estampado abstracto, el gorro modernito de mi primo veinteañero y las gafas mal colocadas. Mi familia que se ríe porque se ríe ella, sin enterarse de que aprovecho su visión temporalmente negruzca para sacarle una foto. Mi familia que sonríe por estar presenciando algo que –saben– nunca más volverán a ver. La mirada del niño en el adulto. La del adulto en la expresión concentrada del niño. El austriaco que chapurrea inglés para explicar que Gijón está nublado, así que sin pensarlo mucho dieron con este prado yermo de San Miguel del Camino. El extranjero simpático que lo es porqu - Nada hay escrito a las puertas del paraíso
«Quedarse aquí era de apestados. El resto pensaba que claudicábamos porque renegábamos de la ciudad»… Se lamentaba, desganada la mujer, anciana a la fuerza, con rictus de amargura corrosiva como claudicando ante la vida. Varias veces la he oído quejarse por los que desaparecen: «persona que se muere, casa que se cierra…venís por el verano y nos dais vida, pero luego , al marchar, os olvidáis de nosotros…» y pensé en la frase que Dante grabó a las puertas del Infierno en su Divina Comedia: «Abandonad toda esperanza los que entráis» . No puedo evitar cierta punzada de remordimiento al oirla. Intuyo que no le falta razón. El verano lo disfraza todo de bullicio, fiesta, novedad…las terrazas de los bares de nuestros pueblines se tornan capitalinas, y al color local de los nativos o forofos del lugar, se suman los regresados, realojados, o turistas varios en busca de novedades: ya sean emplazamientos para la observación de eclipses, museos emotivos o paisajes idílicos más allá del mundanal r - Eclipsados
Pocas veces la vida regala instantes que, por nuestra propia fecha de caducidad, veremos solo una vez. Les escribo esta columna justo después de ver el eclipse total que pudo observarse en España el pasado miércoles. Breve pero intenso. En mi cabeza sonaba la preciosa balada rock compuesta por Jim Steinman e interpretada por la recientemente fallecida cantante británica Bonnie Tyler: «Total Eclipse of the Heart». La canción aborda el dolor profundo del desamor identificándolo con la oscuridad de un eclipse absoluto. Reconozco que así me siento esta semana, un poco en la frontera de la luz, corazón en penumbra, ya que acabo de perder a un gran amigo por un maldito cáncer. Esta columna va por ti, Rubén García Varela, que nos eclipsaste a todos los que te conocimos por tu bondad, tu generosidad, tu inmenso amor por la vida, tu querencia a tu tierra maragata. Esta tristeza que apenas comienza me mantenía abatida y no había puesto demasiado entusiasmo en el eclipse. Así que, como cada día de agosto, m - El fantasma de la solterona
Hay una palabra que nunca desapareció del todo, aunque cambie de disfraz según la época. Antes se decía en voz alta; hoy se desliza en bromas, advertencias o comentarios aparentemente inofensivos. La palabra es solterona. No importa cuántos estudios, cuántos cambios legales o cuántas formas nuevas de vivir existan. Cuando una mujer dice que está sola —o que ha decidido no emparejarse—, el imaginario colectivo se activa con rapidez. Aparece la sospecha. La lástima. La burla. A veces, la amenaza: «ya te quedarás sola». El mensaje es claro: la soledad femenina no se concibe como una opción, sino como un fracaso. Curiosamente, no ocurre lo mismo al revés. El hombre solo es leído muchas veces como independiente, libre, incluso interesante. La mujer sola, en cambio, carga con un relato pesado: algo habrá hecho mal, algo le faltará, algo no ha sabido sostener. Como si la pareja fuera una prueba que se suspende o se aprueba, y no una elección que se revisa. Este doble rasero no es nuevo. Durante sig - El Manhattan
Le habían dicho que no se fuera de León sin probar alguno de los cócteles del Montecarlo. Y allí estaba, sintiéndose como un gusano ante la mirada arrogante del dueño. Pidió un Manhattan y esperó que se produjera el milagro de que la bebida venciera su ansiedad. Apenas había gente y eso ayudaba a reducir la sensación de agobio. Los dos clientes de la barra no habían reparado aún en él, y los tres que ocupaban una de las mesas estaban enfrascados en una charla de la que le llegaban algunas palabras sueltas. «Es completamente humillante …». Después una pausa donde la voz se vuelve inaudible para reaparecer a continuación: «…tenía que verse ella en su lugar, seguro que entonces se lo pensaría mejor…». Dejó de prestar atención y se concentró en la copa que el camarero había dejado ante él con la misma actitud de estar perdonándole la vida. Bebió un sorbito y paladeó. Realmente bueno. Estaba más que justificado el aire de superioridad si todos sus cócteles sabían como aquel. Alarg
04/11/1998 