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- La Ley de corrupción histórica
La que hoy termina ha sido una de las semanas más trascendentales de la historia reciente de la Humanidad. El avance de la ciencia y la tecnología nos arroja verdades que no resultan fáciles de asimilar para mentes como las nuestras, contaminadas por las sesudas reflexiones de Marcos Llorente y las letras de riguitón. Consternados, descubrimos el lunes que la Agencia Española de Medicamentos había concluido, tras analizar 64 revisiones científicas, que la homeopatía no sirve de nada porque no supera al placebo en ninguna patología. Vaya trago. No contentos con eso, la semana siguió avanzando despiadada. Supimos también que donde ponía «M. Rajoy» en las cuentas de la caja B del Partido Popular se estaban refiriendo, contra todo pronóstico, a Mariano Rajoy, máximo exponente de que la lógica puede ser tan aplastante como irritante: «Yo me llamo Mariano Rajoy, como todo el mundo sabe, y luego cada uno me llama como quiere. Por tanto, pregúntele a ellos», le dijo a la fiscal que, en el enésimo cap - Destellos a tu encuentro
Destellos a tu encuentro es, sin duda, un título muy poético. No en vano, se trata de la última obra del poeta Dionisio Álvarez Trincado, y es precisamente de este libro de lo que os voy a hablar en este artículo. Hace tiempo que no leía nada suyo, y han pasado ya meses, quizá años, desde que reseñé en la sección Cartas a ninguna parte su último trabajo. Por eso, acercarme de nuevo a su sensibilidad ha sido un placer. Dionisio, como otros poetas, es un alma sensible, un alma que construye en el arte un camino con el que expresarse. Y él, además de arquitecto de versos, es músico. ¿Sabéis?, hay una estrecha relación entre la música y los poetas. Sobre todo, en relación con aquellos que son letristas. Y no son pocos, a día de hoy, los músicos que se han lanzado a la escritura, escribiendo poemarios o novelas. Alguno de ellos, por cierto, con perfil de estrella. El libro está dividido en seis partes. Y los poemas, como curiosidad, no llevan título, algo que me recuerda a Querencia recíproca, - La piel de Venus
Un día de abril de hace un par de siglos, un paisano de Milo, peñasco volcánico de las Cícladas, encontró fragmentos enormes de una gran figura femenina: la estatua de Venus que lleva el nombre de su isla. Renacida a una nueva era de forma repentina, la admiración causada por su blanquísima desnudez provocó de inmediato la codicia del campesino y una disputa entre dos potencias colonizadoras, Francia y Turquía, apenas meses antes de que Grecia se rebelara como nación independiente frente a la segunda en una guerra cuya inicial batalla marítima se libró precisamente en esas costas. Pero la diosa tallada y pulida en dos enormes bloques de mármol níveo ya no estaba allí. Tras dormir en un establo y en una bodega de barco, tal vez después de sufrir amputaciones y golpes, la estatua se ofreció a ojos de Luis XVIII y acabó por instalarse en el Louvre, donde aún hoy se muestra rodeada de jaspeado granate y el pasmo o la indiferencia de multitudes. Existen otras muchas esculturas de Afrodita en diversa - Omechoto
Dos días seguidos de la pasada semana Santa, con tanto turismo, se repitió la misma estampa. Conversaba al sol con un vecino, impagable placer, y también algunas vacas tomaban el sol en la acera, cosas suyas. Llegó un coche, frenó en seco y salieron como locos con el móvil a grabar imágenes a unas vacas que ni se inmutaban. Uno de mis contertulios, Evelio, un jubilado que fue ganadero, pastor, zapatero y un poco de todo, un tipo muy socarrón, no pudo evitar una de sus frases típicas: «Miran como si les extrañara que las patas les lleguen hasta el suelo». Tenía mucha filosofía la frase. Casi todas las frases de esta gente significan mucho más de lo que dicen. Y surgió una conversación: «¿Y si les contamos aquellas historias de animales mágicos que tan bien nos narraba Prudencio el Mozo?». Es cierto. Si les asusta una vaca eso es que seguramente entienden mucho mejor los seres mutantes de una película de zombies que las historias de la mujer loba o el hombre choto que Prudencio nos contaba a l - Del Guainía a Matueca
«La palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra». No va de esto la columna, pero quiero citar, antes de que se aleje en el tiempo, el emotivo discurso de Gonzalo Celorio, ganador del Cervantes. De la misma forma que dijo aferrarse a la silla, enredando los pies entre sus patas, nos pegó al asiento desde el inicio, con la despedida de su padre, en su lecho de muerte: «Tú llegarás hijo… Si no puedes, yo te empujo». Me viene bien hablar de la palabra palabra, ya se ha dicha, leída o escrita. La que hace desaparecer distancias y tiempo, porque no conoce medidas. Lo he comprobado esta semana escuchando a una mujer que hablaba desde el otro lado del agua. Se llama María Victoria Restrepo y la entrevista su hija Cristina, en la sección titulada 'Memorias de una lectora'. Desgrana historias propias y otras vividas a través de los libros, con una agilidad mental que asombra. Habla de montañas antioqueñas, de provincias españolas que conoció por las descripciones aparecidas en
08/08/2003 